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De periodo tardorromano – s. VI – se consideran los restos de una villa y una necrópolis descubiertos en los Baños de la Mora, destacando un mausoleo familiar o martyrium, del que se conservan la cripta y cuatro sepulcros cubiertos por un mosaico. Muchos historiadores consideran que en esta zona pudo ubicarse la antigua ciudad de “Eio”, mandada destruir cuando se estableció en Murcia la capitalidad del territorio.

Durante la Edad Media parece que no se estableció ningún poblado importante sino que se construyeron algunas torres o casas fuertes y alquerías aisladas, como fueron las denominadas Torres del Sordo, de López Martínez de Zoriot y de Dña. Saurina, que, como señala Merino, al igual que otros lugares de la huerta de Murcia, dependían de la jurisdicción de la ciudad, incluso en lo eclesiástico. Con los repartimientos de tierras realizados tras la reconquista, la mayoría pasaron a ser propiedad de una sola familia que llegó a establecer vínculos de transmisión, pasándose así muy fácilmente del mayorazgo al señorío; concretamente la “Alberca de las Torres” era de Doña Violante en 1.272, viniendo a los Dávalos hacia 1570.

Será a finales del s. XVI cuando en torno a la Torre de los Dávalos se construirán una serie de viviendas destinadas a sirvientes, labradores y arrendadores, lo que dará origen al actual núcleo de población. El nombre del principal núcleo de población de la pedanía, “Alberca de las Torres”, deviene de la presencia de gran número de torres y alquerías en la zona, así como en la existencia junto al citado núcleo de población de una gran “al-berca” (estanque o piscina del campo). Los habitantes de estas tierras recibían el auxilio espiritual de los franciscanos, que en el año 1.441 habían erigido la ermita de Santa Catalina del Monte, alzándose en sus aledaños el palacio de verano de los obispos de la diócesis.

A principios del s. XVII se construyó una pequeña ermita dedicada a Ntra. Sra. del Rosario, a la que se dotó de pila bautismal en 1.635, dependiendo de la parroquia de El Palmar. Poco después, en 1.629, el lugar pasa a convertirse en villa de señorío al comprarse la jurisdicción al rey Felipe IV, y será en 1.666 cuando se construya el primer templo al que, en 1686, se le anexiono el beneficio de una capellanía.

En el año 1713 La Alberca será incluida dentro del Partido de Murcia como una Villa de señorío con Alcalde ordinario, perteneciendo a la condesa de Ayala, de la que pasará en 1737 al Duque de Veragua, descendiente del descubridor de América.

El señorío lo poseerá la familia de los Berwich de donde pasa a la casa de los Alba, que en 1890 venderá las propiedades y derechos a su administrador en Murcia, Mariano Palarea. En esta época se cifra en 171 casas las existentes en La Alberca, contando con una escuela elemental incompleta con 44 niños, así como una escuela particular de niñas a la que asistían 21 alumnas. Su población era de 573 vecinos, lo que representaba unos 2.406 habitantes, dedicados en su gran mayoría a los menesteres agrícolas.

En la actualidad La Alberca además de su producción agrícola, especialmente frutales de regadío, ha tenido un gran crecimiento en empresas dedicadas a la construcción, fábricas de materiales de aquel ramo y otras varias destinadas a servicios. Dada su privilegiada situación en la serranía, en sus zonas altas, se ubican pequeñas villas ocupadas por gran número de vecinos de la capital en fines de semana y para huir de las importantes temperaturas que se alcanzan en la gran urbe en la época estival.

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